Entró en el colegio y se asomó al despacho del director. Uno de mis
alumnos susurró: “¡Es el padre de Ziad!” Debía de rondar los cincuenta.
Era un hombre corpulento de corta estatura. El director no debía de
haber llegado aún, pues, seguidamente, se me acercó, me saludó y, con
voz grave y ademán apesadumbrado, me preguntó si sabía dónde podía
encontrarlo. Su voz me confirmó su identidad, pues sonaba igual que la
de su hijo. Yo le pregunté, a su vez, si podía contarme por qué
necesitaba hablar con él, por si yo podía ayudarle de alguna manera, y
me contestó que necesitaba sacar a su hijo del colegio. Su respuesta me
desconcertó, por lo que le dije:
—No me quiero entrometer, pero me
extraña que quiera cambiar a Ziad de colegio, cuando se trata de un
alumno brillante que, además, no parece tener problemas con sus
compañeros de clase, todo lo contrario.
Con el rostro encendido, me contestó:
—¡Ojalá
tuviera alternativa! Lo que ocurre es que nosotros, como la mayoría de
la gente de esta comarca, nos dedicamos al cultivo de rosas y, hace
poco, hemos descubierto que sufrimos de asma y que las rosas nos están
matando. Mi padre la ha espichado hace nada sin ir más lejos. Más
quisiera yo haberme dado cuenta cuando mi familia se mudó aquí, pues no
habría invertido tanto dinero, tiempo y dedicación en el cultivo de
rosas.
Su confesión me dejó sin saber qué decir. Él debió percatarse, porque añadió dándome una palmadita en el hombro:
—Al
final, no es para tanto. Tengo entendido que en Zagora, que es a donde
nos mudamos, también se vive bien. Puedes venir a visitarnos cuando
quieras.
Se fue y me dejó allí clavada in situ. Tuve que tomarme
un momento antes de entrar en clase para respirar hondo y recuperar la
compostura. No quería que, al ver mi cara de desconcierto, mis alumnos
me bombardearan a preguntas para las que no tenía respuesta. ¿Dónde se
hallan las fronteras entre los conceptos? ¿Podría llegar a interpretarse
su deseo de mudarse a otra ciudad como una huída o como una traición a
sus orígenes? ¿En qué medida podía alguien querer dejar atrás un lugar
sembrado de rosas, como Tazakht, por un lugar desértico donde hace un
calor abrasador? ¿Por qué nos regimos los seres humanos?; ¿por lo que
nos hace ser quienes somos o por aquello en lo que aspiramos poder
convertirnos; por nuestra posición social, nuestro sexo, nuestro afán
por alcanzar estabilidad económica o nuestros afectos? ¿Hemos de querer
permanecer fieles a nuestro legado cultural para poder permanecer
reconocibles?
A lo mejor, avalar al otro con independencia de lo
avalables que nos parezcan las decisiones que tome es lo mismo que
apostar por que el tiempo no pase en balde, pues sólo podemos cambiar de
parecer y convertirnos en otro distinto a quienes somos en el momento
presente en tanto estemos dispuestos a reconocer que lo que nos hace
valiosos no es únicamente la decisión puntual que tomemos a cada
instante.
El autor, Hassan Choutam:
Narrador y dramaturgo marroquí. Entre sus publicaciones, cabe mencionar: Sábado triste (Relatos y reflexiones, Marruecos, 2001); Ventana de salvación (Colección de cuentos, Egipto, 2014); Fuera del edificio (Obra de teatro, Egipto, 2015).

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